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Proceso de fabricación

La producción de armas de fuego

Sin duda alguna, la parte más importante de un arma de fuego es su cañón. En el cañón se desarrolla el proceso fundamental de la deflagración de la carga de lanzamiento, y en el cañón el proyectil toma la dirección que después, aunque aproximadamente, sigue durante su trayectoria.

Proceso de fabricación  
· Decoración del cañon
· Decoración de las cajas
· La estética francesa
· La estética inglesa

Un mecanismo de ignición defectuoso presentaba un problema aceptable pese a todo, mientras que si el cañón estallaba por la culata podía significar para el tirador la pérdida de la vista, las manos o incluso la vida.

Por consiguientee, es comprensible que el máximo cuidado estuviese reservado a la realización de esta pieza. Muy pronto, con el aumento de la demanda, el grueso de la producción se centró en núcleos especializados, auténticas cunas de una organización semiindustrial.

Un buen herrero de pueblo estaba ciertamente capacitado para realizar un cañón completo, aunque con gran esfuerzo y notable dispendio de tiempo. Pero resultaba más aconsejable, tanto desde el punto de vista de la calidad como aplicando criterios económicos, proceder a un reparto del trabajo entre el mayor número posible de artesanos especializados.

Y así, con la decidida afirmación de las armas de fuego portátiles, desde finales del siglo XV la producción se localizó en algunos centros, en general próximos a buenos yacimientos de hierro y abundante energía hidráulica.

Entre los más importantes, ya por antigüedad, ya por importancia de producción, se recuerdan ante todo Suhl, en Turingia, y Gardone, en el Val Trompia (al norte de Brescia, Italia). El primero alimentó en particular la enorme producción de Augsburgo y Nuremberg durante los siglos XVI y XVII.

Los cañones del segundo de los centros nombrados, además de ser exportados a todo el mundo conocido, permitieron a Brescia mantenerse durante más de un siglo como verdadera capital europea de las armas.

Con el paso del tiempo, a partir del siglo XVII, otros centros alcanzaron notable importancia: éibar, Ripoll, Madrid, París, Lieja, Tula, Londres, Birmingham, etcétera.

La más común, y tal vez la más remota de las técnicas empleadas en la fabricación de cañones, fue la siguiente: una placa de hierro rectangular al rojo vivo se arrollaba sobre una barra redonda de acero. Los dos bordes longitudinales se superponían y soldaban entre sí en la forja hasta obtener una especie de tubo.

ésta era la operación más importante y delicada, ejecutada personalmente por el "maestro cañonero" o "bollitore", de la que dependía la resistencia y, por lo tanto, la bondad del producto terminado.

El diámetro interior era más pequeño que el calibre que se deseaba obtener, y el diámetro externo, suficiente para permitir otorgar al cañón terminado la forma deseada.

Por medio de sucesivas operaciones, el "tubo" era mandrilado, cuidadosamente calibrado, fileteada la cara interna de su extremidad posterior y sellado con un fortísimo tapón: el tornillo de recámara.

La forma exterior ya insinuada en la fase de forja, se completaba por pulido y, si lo requería el caso, por cincelado. La aplicación de los puntos de mira, la perforación del oído y, para los cañones de armas de mecha, la aplicación de la cazoleta con su tapa, iban seguidos del barnizado protector o del empavonado, última etapa de un ciclo de producción que había requerido por lo menos seis especialistas distintos.

Esta técnica alcanzó el máximo de perfección en Gardone, donde el oficio se transmitía forzosamente de padre a hijo. Y de este modo se instituyeron las dinastías especializadas en productos concretos, algunas de las cuales siguen activas en el sector. Además de la indudablemente más antigua, la Beretta, recordemos a los Daffini, Mutti y Ferraglio. Entre los desaparecidos, o por lo menos no activos con carácter autónomo en la producción armera, mencionaremos a los Acquisti, Bertolio, Chinelli, Cominazzo, Franzini, Moretti, Pedretti, Rampinelli, Tonni y Zambonetti.

Entre paréntesis, señalaeremos que los célebres Cominazzo no fueron "maestri bollitori" (maestros cañoneros), sino solamente "pulidores" o "terminadores". En la práctica, retocaban, daban la última mano y, frecuentemente exageraban el producto de otros maestros, lo que explica (falsificaciones aparte) el gran número de cañones que ostentan su firma.

La fabricación de las llaves de mecha no representaba una gran dificultad técnica, y cualquier herrero competente estaba capacitado para realizar los modelos más corrientes.

Muy distinta es la situación al pasar a la llave de rueda, sin duda el mecanismo más complejo de su época. Solamente artesanos de gran habilidad podían emprender con éxito esta clase de producción. En Nuremberg y Augsburgo, a partir de la segunda mitad del siglo XVI, la fabricación de estos mecanismos era el resultado de una maestranza organizada de manera semiindustrial.

Las Llaves de rueda de ambas ciudades imperiales libres, además de su utilización local, se exportaban en gran cantidad. Por su solidez y precio módico, fueron incluso ampliamente utilizadas en Brescia (desprovistas de seguro externo) para armas militares. Esta circunstancia, poco conocida, ha provocado muchas confusiones, y es fuente de hipótesis erróneas sobre los orígenes del sistema y sobre la fabricación en Italia de llaves "a la alemana" o "a la flamenca".

Como se ha podido ver anteriormente, los tipos de llave de rueda no son numerosos. Además de las alemanas, en la práctica empleadas en todos los territorios de cultura germánica, tenemos las llaves de rueda brescianas, francesas, españolas de origen alemán y las de Ripoll, las llaves llamadas portuguesas y las de Teschen.

Las llaves de pedernal, mucho más simples que las de rueda, podían ser fácilmente fabricadas por cualquier armero, aun el más modesto. Y de este modo, particularmente en el caso de la llave "a la moderna", la producción se dufundió por diquier, diferenciada únicamente por la calidad del trabajo y el tipo de decoración.

En la decoración, como es bien sabido, Sigmund Freud creyó descubrir en la pasión y apego que muchísimos hombres experimentan por las armas de fuego, una clase de inconfesable fetichismo sexual. Para el padre del psicoanálisis, la pistola o el fusil se vuelven proyecciones, evidentemente potenciadas y agigantadas, del órgano de reproducción masculino, y como tal son objeto de particular veneración y cuidado.

Desde el punto de vista histórico, parece oportuno subrayar que las armas fueron y siguen siendo indispensables para la supervivencia del género humano, por lo menos desde la expulsión del Paraíso Terrenal en adelante.

Las armas acompañaron al hombre en su largo y difícil camino hacia el progreso, protegiéndole de enemigos, procurándole el sustento, y otorgándole la posibilidad de imponer su propia voluntad sobre sus semejantes. La historia de la civilización está señalada por numerosas e importantísimas etapas. No es difícil comprender la trascendencia que la evolución de las armas ha tenido sobre la historia de la humanidad, al menos en los últimos siete siglos.

El comprensible y justificado apego hacia estos objetos indispensables, se manifestó muy pronto por medio de la aplicación de motivos o elementos decorativos a sus componentes. Esto es válido para las armas civiles o de propiedad individual, mientras que las armas militares comunes mantuvieron generalmente su tosquedad.

La decoración alcanzó con frecuencia a todas las partes constituyentes del arma (cañón, sistema de ignición, caja y guarnición) y, por lo tanto, fue necesaria la labor de más artesanos especializados. Veremos brevemente las técnicas empleadas.

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